En realidad nunca supe lo que quería hacer de mi vida.
Cuando era un tierno infante nunca supe cual sería la vocación a seguir. Habían amiguitos que desde pequeños pintaban muy bien, mientras yo sólo garabateaba; otros aún más ávidos, ya ejercían actividades comerciales, a pequeña escala, pero ya era algo. En cambio yo, ni siquiera para el futbol tenía aptitudes.
No tenía dedos para el piano, definitivamente. Ni siquiera a las bolitas le ponía mucho empeño.
Sin embargo un día, ensimismado, e incrustado en el sofá cambiando el televisor sin nada de esperanza y con mucha desilusión... Apareció ella;
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